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KING KONG artículo: Las razones de un remake

Chema Pamundi repasa el King Kong de Peter Jakson que en 2005 viajó de Isla Calavera a NY

CHEMA PAMUNDI

El problema que tiene el King Kong de Peter Jackson está bien claro. Al King Kong de Peter Jackson lo que le sobran son cuarenta minutos. Tiene dos horas de excelente cine, pero también cuenta con su buena ración de relleno (demasiadas persecuciones, demasiadas peleas, y todas ellas demasiado largas), y con más elementos estomagantes de los que serían deseables (cámaras lentas dignas de un anuncio de Cacharel, pedantes referencias a Conrad, el abofeteable Jack Black...). Y no obstante, pese a ser una obra desequilibrada, a ratos inconsistente y claramente demasiado larga, es también una buena película. Arriesgada, espectacular, emocionante y entrañable. Ahora bien… ¿Era una película necesaria?

A primera vista, intentar hacer un remake de un clásico intocable como King Kong parecía tan absurdo como intentar hacer un remake de Lo que el viento se llevó, o de Casablanca (la diferencia es que con el cine fantástico todo el mundo se atreve; pero ése sería un tema para otro artículo). King Kong es uno de los tres o cuatro mayores iconos de la historia del cine, y sólo un megalómano (como Dino de Laurentiis en su versión del 76) o un loco (como Peter Jackson) se atreverían a intentar enmendarle la plana a la película original. Un remake de King Kong planteaba además una dificultad adicional, por cuanto se trata de un mito puramente cinematográfico.

 

Peter Jackson y su equipo se embarcan en la aventura kingkonguera

 

No está basado en ninguna otra fuente (como un libro o un cómic) sobre el que cada director pueda aportar una visión particular, o que se pliegue fácilmente a múltiples lecturas. Aparentemente, todo lo que se tenía que decir sobre King Kong ya lo dijeron Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper en 1933. Por tanto, volver a hacer King Kong conllevaba un nivel adicional de “sacrilegio artístico”. Sería como si alguien intentase reescribir el "Peter Pan" de Barrie, repintar "El grito" de Munch, o recomponer el "Sargent Pepper’s" de los Beatles. ¿Es posible añadir a esas obras algo que sus autores originales no hayan incluido en ellas de salida?

Además, desde hacía algunos años King Kong ya contaba con un excelente remake no confeso: Parque Jurásico, una inteligente renovación en clave científica del gusto del público por los monstruos gigantes, en el que Spielberg demostró que se puede hacer cine de aventuras de toda la vida actualizando sus esquemas, y dándole una personalidad propia (la presentación del T-Rex mediante la vibración del vaso de agua, es uno de esos momentos que superan la prueba del tiempo y que quedan para la historia del cine). ¿Ha sido Peter Jackson capaz de superar todos estos fantasmas y firmar una película a la altura de las expectativas? Antes de contestar a esta pregunta, o de entrar a juzgar a fondo los resultados del nuevo King Kong, se hace necesario entender el contexto en el que este film se ha concebido.

 

HISTORIA DE UNA OBESIÓN

Estoy seguro de que Peter Jackson estaba plenamente al tanto del berenjenal en el que se metía, cuando empezó a planear su película sobre el gorila gigante. Al igual que Tim Burton cuando atacó el remake de El planeta de los simios, Jackson tenía poco que ganar y bastante que perder. Pero con todo y con eso, su obsesión por King Kong pudo con el vértigo que le producía embarcarse en una empresa imposible. Además, qué carajo, si había entonces algún director de cine especializado en empresas imposibles, no hay duda de que ése era Peter Jackson. No en vano, acababa de culminar con éxito una trilogía en apariencia tan infilmable como El señor de los anillos (que gustará más o menos a los puristas, pero no se puede negar que dominó sin despeinarse las listas de blockbusters durante tres navidades seguidas, y cosechó en total casi una veintena de Oscars).

O sea, que Jackson se sentía lo bastante seguro de sí mismo como para aceptar un nuevo reto imposible. De hecho, tan consciente era de que King Kong equivalía a un salto mortal comparable a la obra de Tolkien, que desde el principio planteó el proyecto como si estuviera filmando la cuarta parte de El señor de los anillos, con prácticamente el mismo equipo técnico y creativo, y un plan de trabajo muy similar al empleado en aquella ocasión (si algo funciona, ¿para qué cambiarlo?).

 

"Cómo he de deciros que esto no es un remake de Titanic sino de King Kong"

 

La historia de amor de Peter Jackson con King Kong comenzó a los nueve años, cuando vio la película por primera vez en un pase televisivo. El shock emocional que recibió fue tal, que en cuanto pudo ahorrar el dinero suficiente se compró una copia del filme en super ocho (estamos hablando de 1970, y entonces no existía el video), que proyectaba una y otra vez en la pared de su dormitorio. Y cada vez que la veía, volvía a experimentar ese mismo latigazo nervioso. Jackson decidió que quería dedicar el resto de su vida a hacer sus propias películas. Empezó a practicar con el cine de animación stop-motion, moldeando dinosaurios de plastilina y filmándolos, y más tarde llevando a cabo lo que se podría considerar como su primer intento de hacer un remake de King Kong. Jackson llegó al extremo de cortar el abrigo de pieles de su madre para hacer un muñeco del gorila gigante, e incluso construyó una maqueta de cartón del Empire State Building a escala. O sea, queda demostrado que estamos hablando de un auténtico pirado por King Kong.

Pasaron los años y Jackson, ya convertido en un director de cine de cierto prestigio, seguía teniendo entre ceja y ceja la fijación de filmar algún día una nueva versión de su película fetiche. En 1996, tras acabar Agárrame esos fantasmas, le propuso el proyecto a la Universal, y se puso a trabajar en un primer tratamiento del guión. En aquel entonces, la idea de Jackson era rendir un homenaje en toda regla a la película del 33, con un tono marcadamente pulp y falto de pretensiones (muy a la Indiana Jones), y con Kate Winslett de protagonista. Universal Pictures le dijo que adelante. Todo estaba preparado para empezar a trabajar, cuando de repente llegó Godzilla y dio al traste con las esperanzas del director neozelandés. El remake del clásico japonés que perpetró Roland Emmerich fue masacrado por la crítica y se estampó en la taquilla. Eso, unido a la tibia acogida que recibió ese mismo año Mi gran amigo Joe, convenció a la Universal de que los monstruos gigantes, y en especial los gorilas, ya no eran lo que más interesaba al público, y el proyecto fue fulminantemente cancelado. Jackson metió su guión para King Kong en el cajón de proyectos pendientes, y durante los siguientes diez años se concentró en cuerpo y alma en El señor de los anillos (por cierto, no deja de resultar curioso que a Jackson le llevase el mismo tiempo rodar la saga de los anillos que a Tolkien escribirla).

 

EL REY JACKSON

Tras el éxito descomunal de la trilogía basada en la obra de Tolkien, Jackson decidió que ya había esperado bastante, y que ahora que era él quien tenía la sartén por el mango, iba a hacer su King Kong por las buenas o por las malas. Los mismos directivos de la Universal que anteriormente le habían tumbado el proyecto, temiendo perder de la noche a la mañana al director más taquillero del mundo si no lo cuidaban un poco, corrieron a cerrar un acuerdo con Jackson para que se pusiera a trabajar en King Kong tan pronto como se hubiese estrenado El retorno del rey. Le ofrecieron veinte millones de dólares de sueldo, más un porcentaje del 20% sobre los beneficios en taquilla (cifras absolutamente salidas de madre, y sin precedente alguno en toda la historia del cine) por dirigir King Kong, además de escribirla (junto a su mujer Fran Walsh) y coproducirla. Eso sí, si Jackson sobrepasaba el presupuesto, lo pagaría de su propio bolsillo. Jackson, que posiblemente hubiera estado dispuesto a hacer la película incluso pagando, firmó el contrato y se puso manos a la obra.

Cuentan que la primera reunión de trabajo en firme se celebró la misma noche de la entrega de los Oscars en la que El retorno del rey arrasó; Andy Serkis (que dio vida a Gollum en El señor de los anillos y encarnó en esa ocasión los movimientos de Kong) recuerda que tras la gala se pasó por el hotel donde se alojaba el equipo, y que en vez de encontrarse a un Peter Jackson relajado y disfrutando de su éxito, se topó con un verdadero hervidero de actividad, con teléfonos sonando por todas partes, gente tomando notas, y Jackson dando sus primeras órdenes para empezar la producción de King Kong a la mañana siguiente. Nunca se le había visto tan feliz.

 

"Tú haz ver siempre que filmas para que se te vea la cara lo menos posible"

 

El rodaje de King Kong fue un auténtico tour de force para Jackson, un trabajo de 18 horas diarias siete días a la semana durante nueve meses, que le consumió hasta el punto de hacerle perder 30 kilos de peso y provocarle una severa crisis de sueño (durante la cual incluso tuvo que recibir la ayuda de varios directores amigos, como Brian Singer o Frank Darabont, para supervisar algunos aspectos de la producción). Mientras tanto, los gastos de la película se disparaban, y los capitostes de la Universal empezaban a tirarse de los pelos ante lo que parecía estar tomando unas incontrolables dimensiones mastodónticas (ahora sabemos que la película sólo sería rentable a partir de los 600 millones de dólares de recaudación). King Kong se estaba convirtiendo en un caso de cara o cruz, similar al que protagonizó Titanic en su día: había que asegurarse de que fuese un éxito rotundo, porque como fuese un fracaso, arrastraría tras de sí a Jackson y quizás a toda la productora.

Lejos de amilanarse ante este panorama, Jackson decidió tirar por la calle de en medio y tratar de convertir a King Kong en la película más colosal que el dinero pudiera pagar. De ahí se desprenden decisiones tan drásticas como la de añadirle media hora más de duración cuando el montaje ya se había dado por finalizado (Jackson sufrió una especie de ataque de ansiedad pensando que lo que ofrecía al público “no iba a ser suficiente”), despedir sin contemplaciones al compositor Howard Shore (con el que tan bien se había compenetrado en El señor de los anillos) a dos meses del estreno, y fichar en su lugar a James Newton Howard para que compusiera una nueva banda sonora partiendo de cero, o gastarse 125 millones de dólares en promoción (incluyendo un DVD con los diarios de rodaje, que se puso a la venta ANTES del estreno de la película) para asegurarse de que hasta los aborígenes de Nueva Zelanda tuvieran claro que King Kong era LA PELÍCULA que había que ver esas Navidades.

 

EL MAYOR ESPECTÁCULO DEL MUNDO

Así, volviendo al argumento principal de este artículo, ¿Cómo se plantea una película que aparentemente no tiene necesidad de existir? Pues el único modo de hacerlo (o al menos, el más inteligente) es intentar convencernos de que se trata de la historia más grande jamás filmada. Jackson trató de justificar su obra ofreciendo al espectador más por su dinero que ninguna otra película estrenada en los últimos años. También se aprecia en ese King Kong cierta voluntad didáctica. Jackson cree (y está en lo cierto) que los jóvenes de hoy en día son la primera generación que desdeña el cine clásico en blanco y negro, y por tanto ha llegado a la conclusión de que la única manera de que vean una peli como King Kong es llevarla a su terreno, convirtiéndola en un festival infográfico (¿un video juego?) que quite el hipo.

De ahí el hiperbólico tono que domina todo el film, y en especial todo el tramo de Isla Calavera, que es una acumulación de pasadas de rosca, algunas brillantes (la titánica lucha entre Kong y los tres tiranosaurios, demuestra al espectador de manera magistral por qué Kong es el rey de la isla), otras absurdas (la persecución “sanferminesca” de los diplodocus, mal filmada y mal resuelta), y algunas que resultan innecesarias por reiterativas (la escena de los insectos, añadida por el mero afán completista de Jackson, ya que se rodó también para el King Kong original, pero fue eliminada a última hora por motivos de metraje).

 

"Tranquilo, dentro de 12 años Tom Hiddleston lo hará peor"

 

Para Jackson, ésta era la única manera viable de renovar su mito cinematográfico favorito, e impedir que cayera en el olvido y se convirtiese en poco más que un oscuro clásico para cinéfilos empedernidos. El King Kong original fue concebido como una diversión para las masas, no como una película de cinefórum. Y Jackson quería devolvérsela a las masas. Por eso su King Kong es monumental en todos los aspectos (165 millones de presupuesto final, tres horas de duración, 1.600 planos de efectos especiales…). Ello logró crear una expectación brutal en los fans (más de 100 millones de personas se descargaron el primer tráiler oficial de la película que apareció en la web), aunque por el camino la película perdiera ciertas dosis de frescura, y ganase otras tantas de pedantería.

No obstante, a la hora de abordar la vida y milagros del rey Kong, los prodigios tecnológicos no eran suficientes para Jackson. En su día, el King Kong primigenio también fue un espectáculo de factura impecable y rodado con los mayores adelantos técnicos de la época, pero eso no es lo que la convirtió en una obra maestra (la versión de John Guillermin del 76 se filmó según esos mismos parámetros y es un petardo de proporciones titánicas). Lo que hizo del King Kong de 1933 una pieza capital del género, a la que cabe encuadrar al mismo nivel que Nosferatu o Metropolis, fue su fuerza poética, su capacidad de empatizar emocionalmente con el público, y su elegancia al jugar con las convenciones del fantástico (principalmente, King Kong nos habla sobre el miedo a lo desconocido, y sobre la intrusión de ese elemento desconocido en el ámbito de lo cotidiano; en este aspecto, la historia de amor bella-bestia es una parte secundaria de la historia; más una mecánica de guión que otra cosa). Así que, además de cuidar el envoltorio, Jackson debía ser especialmente cuidadoso con el contenido.

 

Fans del King Kong de 1933 no le perdonan a Peter Jackson su osadía remakeizadora

 

Y hablando de contenidos, la película de Jackson asume completamente su condición de homenaje ya desde los mismos títulos de crédito, con su estilo añejo y sus colores sepia. Jackson fuerza al espectador a hacer un ejercicio de nostalgia, y a ver King Kong con la mitad del cerebro permanentemente pendiente del film originario (y por extensión, de todo el cine pulp de los años treinta y cuarenta), en busca de comparaciones. Bien pronto Jackson deja claro que su filme va a carecer de toda originalidad temática, y así, intenta encontrar sus hallazgos en una puesta en escena apabullante, y en un estilo narrativo exhaustivo (a veces demasiado; por ejemplo, pierde minutos y minutos en el viaje en barco hasta la isla, presentando a personajes que luego no van a volver a aparecer y que no enriquecen sustancialmente la historia, como el cocinero, el grumete o el contramaestre). Sin embargo, curiosamente para una película tan minuciosa, Jackson tiene bastante claro que no quiere aburrir a nadie con escenas innecesarias, y por lo tanto soluciona mediante elipsis el traslado de Kong desde la isla hasta New York (lo cual es de agradecer; de hecho, precisamente lo que se echa a faltar en la película es alguna que otra elipsis más).

Jackson también intenta explotar la psicología de los personajes más a fondo de lo que lo hacía el film de Schoedsack & Cooper. A este respecto, y pasando por alto la tópica historia de amor entre el escritor Jack Driscoll (Adrien Brody) y la actriz Ann Darrow (Naomi Watts), sí que cabe destacar el inteligentísimo desarrollo de la psique del gorila gigante. No es que Kong se enamore de Ann Darrow, es que la considera su juguete; para Kong, Ann Darrow es algo nuevo, algo que no ha visto nunca y que ni siquiera sabía que podía existir, y siente por ella una enorme curiosidad (curiosidad que se incrementa tras una simpática escena en la que ella intenta calmar a Kong mostrándole un número de malabarismo). El gorila se siente fascinado por esa criaturilla pequeña y graciosa, de forma parecida a como un niño se siente fascinado cuando le regalan un cachorro.

 

"La próxima vez que hagamos un remake será de La tonta del bote"

 

La base de la personalidad de Kong es que es un ser completamente solitario. Ha crecido en un mundo donde sólo ha conocido la violencia (su cuerpo está trillado por las cicatrices), y donde la supervivencia en la cúspide de la cadena alimenticia sólo se consigue mediante la ley del más fuerte. Kong tiene que estar siempre alerta, siempre en un estado de excitación, siempre dispuesto para eliminar a sus enemigos a hostia limpia. Además, al ser el último de su especie, está acostumbrado a hacer siempre lo que le da la gana. No sabe lo que es compartir, no sabe lo que es relacionarse con los demás. Lo único que sabe hacer con ellos es comérselos. Por eso, cuando la chica entra en su vida, es el principio del fin para Kong, que ya nunca volverá a ser el mismo. Su mundo y su escala de valores se trastocan por completo, y Kong baja la guardia y es capturado. A ese respecto, la frase final de la película (“la bella ha matado a la bestia”) cobra sentido.

En cuanto a los personajes de carne y hueso, Naomi Watts está acertada como una Ann Darrow llena de matices (y es que la Watts es bastante mejor actriz que la Fay Wray del original), y Adrien Brody cumple con la corrección habitual (sin brillantez, pero sin estorbar) su papel de Jack Driscoll, escritor “sensible” convertido en héroe a la fuerza. En cambio, Peter Jackson no consigue dibujar de una manera convincente al personaje de Carl Denham, el director de cine que, obsesionado por triunfar, captura a Kong y lo lleva a New York. Se ha repetido una y mil veces que Jackson escribió este personaje como una mezcla entre el director de cine Orson Welles y el empresario circense P. T. Barnum. Sin embargo, Denham a duras penas llega a ser una caricatura de ambos, y a ello contribuye de manera dramática la lamentable interpretación de Jack Black, un actor mediocre que lo basa todo en las muecas (básicamente dos: “qué listo soy”, y “qué sorprendido estoy”), y que es incapaz de transmitir nada al espectador, más allá del asco.

 

MÁS GRANDE, MÁS FUERTE, MÁS RÁPIDO

Por último, ¿Supera Jackson en algo a la película original? Pues sorprendentemente hay que reconocer que, al menos en un puñado de ocasiones, consigue hacer que nos lo creamos. Los salvajes de la Isla Calavera, por ejemplo, son mucho más aterradores y están mucho mejor resueltos que los del film del 33 (a los que no obstante Jackson homenajea más tarde, durante el show de presentación de Kong en el teatro neoyorquino). El climax en el Empire State Building también tiene por momentos más carga emocional que el del film original (a pesar de que sea, de nuevo, demasiado largo, y de que la aparición del funesto Jack Black al final para decir la frase “la bella ha matado a la bestia” se vea forzada y rompa algo de la magia). En general, si algo bueno tuvo este nuevo King Kong es que volvió a dejar al espectador boquiabierto (el diseño de producción raya al nivel del de El señor de los anillos) como lo hacía la película original, permitiéndole experimentar una sensación de “maravilla” parecida a la que debieron sentir quienes asistieron al estreno de la versión de 1933. Durante tres horas, Jackson nos sube a una montaña rusa tan vertiginosa (a veces incluso agotadora), que logra camuflar las muchas carencias de este remake. Y hoy en día es muy difícil mantener entretenido al espectador durante tres horas.

Lo que importa es que Jackson se quedó al fin tranquilo por poder cumplir su sueño de infancia. Todo lo que quería el director más rico del mundo era transmitirnos el amor que siente por la película que elegiría para llevarse a una isla desierta. Yo diría que lo consiguió. Por inverosímil que parezca, Jackson se las ingenió otra vez para conseguir salir airoso de lo que muchos consideraban un suicidio creativo y una ruina económica (en lo que respecta a la taquilla salvó los muebles, pese a que los números de King Kong se acabaran quedando algo lejos de los que esperaba la productora, y el film se viera superado por otros productos navideños como el último Harry Potter o Las crónicas de Narnia). El King Kong de Jackson tiene razón de ser. Aunque sea demasiado largo y a veces se vaya por los cerros de Úbeda. O sea, más o menos lo mismo que me ha acabado pasando a mí con este artículo.

 

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